¿Qué pasa cuando el cuerpo habla sin pedir permiso? ¿Qué nos pasa cuando los movimientos escapan a la voluntad y trastocan los guiones y rituales de una sociedad que aspira a ser homogénea?
Son algunas de las preguntas que surgen en Mazel Toc, el Unipersonal autobiográfico de Nicolás Litman, dirigido por Fernando Ricco. Pieza que invita al espectador a recorrer una historia atravesada por la exclusión, pero también por el amor, ese que acompaña y que muchas veces salva.
Porque hay algo muy poderoso en elegir narrar la propia historia con el lenguaje del cuerpo que ha sido señalado y diagnosticado con el Síndrome de Tourette, un lenguaje lleno de gestos y sonidos involuntarios que incomodan porque obligan a ver lo que muchas veces obviamos: que lo que hiere no es el cuerpo que se mueve sin control, sino la mirada que convierte ese movimiento en vergüenza y aislamiento.
Pero la obra no se queda ahí, con un ritmo ágil y acompasado, el autor propone un abordaje coral no exento de humor. Con personajes que recuerdan su herencia judía, Litman invita al público a ser testigo de momentos íntimos con una bove que lo/nos mira desde arriba o con su mame idishe protectora y peleadora. A estas voces se suman otras como su cumpa viejita, que palpita el viaje de egresados del secundario, y un efímero jefe garca.
Todos estos personajes (entre otros más), en una hora de función, desde un sólo actor: muchos cuerpos desde uno sólo. Es así como Litman invierte la dinámica de la que muchas veces fue víctima y se pone en el centro del escenario, tal vez queriendo decir que no es él quien debe disculparse por un cuerpo que desestabiliza mostrando las fisuras y grietas de nuestra sociedad.
En esta obra cariñosa y melancólica, el cuerpo se mueve, como se nos mueve la cabeza.
Como se mueve el corazón.