Es por eso que la ausencia de un telón de fondo en el escenario de Tadrón Teatro hace imposible la distancia cómoda, pues no hay un afuera desde donde
mirar: todos estamos dentro de esa casa, de ese auto, de ese secreto. Herminia
Jensezian nos propone participar de un evento íntimo en el que todo y nada está
oculto. Un relato en el que los objetos expresan aquello que el lenguaje no
alcanza a decir y que el cuerpo no puede dejar de recordar.
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A lo largo de 45 minutos aparecen en escena, sin estar, tres generaciones: una abuela, una madre y una hija que soportan juntas el peso de un silencio que más que ausencia, es herencia. Silencio de hembra no es una denuncia, es la vivencia de un recuerdo fragmentado e intenso. Al final, cuando ese cuerpo en constante movimiento, algunas veces tembloroso, otras ágil y violento, encuentra algo parecido a la quietud, uno entiende que lo que acaba de presenciar no era una representación. Era una restitución.

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