La apertura es ya una declaración de principios: los cuerpos nacen en el escenario mientras símbolos e imágenes se proyectan en la pared como recordatorio de que el lenguaje siempre nos provee traducciones imperfectas de algo ya se vivió. Los movimientos no buscan representar la mutación: la ejecutan; los gritos que llenan el espacio no son emoción amplificada, son el sonido de lo pre-verbal resistiéndose a ser domesticado.
Así es El cuerpo de las mutaciones, una tensión continua, jamás resuelta, que hunde sus raíces en dos tradiciones del cambio. El I-Ching -cosmología china del devenir- y el Butoh -práctica corporal japonesa nacida del trauma de la posguerra- no son fuentes obvias ni naturales entre sí. Que el coreógrafo y director Magy Ganiko las convoque juntas, es una elección dramatúrgica precisa: aquí no hay formas consolidadas, el cuerpo permanece en un umbral entre lo que está dejando de ser y lo que todavía no es.
El Hexagrama 49 en el que se basa la obra, habla de Revolución como necesidad. Porque lo que ha cumplido su tiempo debe mudar de piel para que algo nuevo pueda nacer. Ganiko lo toma al pie de la letra y, al hacerlo, recupera algo que el cuerpo sabe antes que cualquier concepto: que mutar no es perderse, es la única forma de seguir siendo.
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