sábado, 22 de agosto de 2026

De las formas de habitar el amor

    ¿Cómo nace el amor? Quizá una de las preguntas más formuladas a lo largo de la historia, con posibles respuestas largamente pensadas por filósofos, artistas y hasta químicos. 

    Es la pregunta que se hace Aliojin, personaje del cuento “Del amor” de Chejov, en la Rusia prerrevolucionaria y, finalmente, es la pregunta que la dramaturga Victoria Hladilo traslada a las tablas en su adaptación del nombrado cuento, tomando como escenario la pampa argentina de principios del siglo XX. 


    La adaptación propuesta por la autora y directora es altamente expansiva. Hay un engrosamiento del texto del ruso, que se despliega en toda la puesta en escena. Detalles, diálogos y entramados que desbordan la narrativa original. Lo que nos marca como puede ampliarse un clásico y exportarse en tiempo y espacio. Lo universal que atraviesa idiomas, idiosincrasias y épocas. Como el amor en sí mismo. 


    En Siete estaciones para hablar del amor, Hladilo va construyendo lentamente la relación entre Gregorio, Pablo y Ana, vértices de un triángulo amoroso marcado por la música y el temor. Interpretados magistralmente por Carlos Belloso, Manuel Vignau y Laura Nevole respectivamente, estos personajes van transformándose, poco a poco, ante los ojos de un público que asiste conmovido a la imposibilidad de un amor. 




    En la obra, la música aparece como el recurso privilegiado para dar paso a otro plano dentro de la historia. Un plano en el que Pablo, acompañado de la guitarra, logra mostrarse un poco más libre, un poco más pícaro, logra decirle a Ana lo que, de otro modo, es imposible decirle. 


    En esa distancia entre lo que se canta  y lo que se calla, se construye buena parte de la ternura que atraviesa la relación de Pablo y Ana. Una ternura que se despliega en gestos mínimos; en miradas sostenidas un segundo de más; en el frasco de frutos en conserva -regalo de Pablo a la pareja- que es devorado grotescamente por Gregorio, el esposo de Ana. 


    Gregorio y Pablo son, en ese sentido, dos maneras opuestas de habitar la escena. Gregorio ocupa el espacio con la seguridad de quien nunca tuvo que luchar para ganárselo: habla fuerte, bebe, canta, ama y llora con un desenfreno que roza lo violento. Pablo, en cambio, se mueve con timidez y cálculo; cada gesto medido de antemano e inmediatamente corregido, no vaya a ser que tropiece y caiga por la cornisa. Pablo vive con un temor que lo incapacita para la acción y cuando finalmente se atreve, ya es demasiado tarde. Esa tardanza deriva en Pablo, solo en escena sin Ana y sin la guitarra, mirando al vacío que nunca se atrevió a mirar.


    Así, entre la ternura y la cobardía; entre la violencia y el amor, se va tejiendo una historia no resuelta, sin épica ni heroísmo. Una historia mínima que nos habla de lo más profundo: del amor en todas sus formas, incluso de las más dolorosas.





Lina Otero

Psicóloga y Esp. en Literatura Infantil

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