miércoles, 11 de marzo de 2026

MAZEL TOC: Cuerpo Palabra

 ¿Qué pasa cuando el cuerpo habla sin pedir permiso? ¿Qué nos pasa cuando los movimientos escapan a la voluntad y trastocan los guiones y rituales de una sociedad que aspira a ser homogénea? 

Son algunas de las preguntas que surgen en Mazel Toc, el Unipersonal autobiográfico de Nicolás Litman, dirigido por Fernando Ricco. Pieza que invita al espectador a recorrer una historia atravesada por la exclusión, pero también por el amor, ese que acompaña y que muchas veces salva. 

Porque hay algo muy poderoso en elegir narrar la propia historia con el lenguaje del cuerpo que ha sido señalado y diagnosticado con el Síndrome de Tourette, un lenguaje lleno de gestos y sonidos involuntarios que incomodan porque obligan a ver lo que muchas veces obviamos: que lo que hiere no es el cuerpo que se mueve sin control, sino la mirada que convierte ese movimiento en vergüenza y aislamiento.


Pero la obra no se queda ahí, con un ritmo ágil y acompasado, el autor propone un  abordaje coral no exento de humor. Con personajes que recuerdan su herencia judía, Litman invita al público a ser testigo de momentos íntimos con una bove que lo/nos mira desde arriba o con su mame idishe protectora y peleadora. A estas voces se suman otras como su cumpa viejita, que palpita el viaje de egresados del secundario, y un efímero jefe garca. 

Todos estos personajes (entre otros más), en una hora de función, desde un sólo actor: muchos cuerpos desde uno sólo. Es así como Litman invierte la dinámica de la que muchas veces fue víctima y se pone en el centro del escenario, tal vez queriendo decir que no es él quien debe disculparse por un cuerpo que desestabiliza mostrando las fisuras y grietas de nuestra sociedad. 

En esta obra cariñosa y melancólica, el cuerpo se mueve, como se nos mueve la cabeza.

Como se mueve el corazón.  

Lina Otero Ramos
Psicóloga y Mediadora de Lectura

Gato Martínez Cantó
Comunicador Social 

jueves, 12 de febrero de 2026

BETTER MAN: Más allá del realismo

 

La historia ha sido contada muchas veces: un padre ausente; el hijo que busca su reconocimiento; la tensión entre el deseo de ser visto y ocultarse al mismo tiempo; la identidad diluida en la mirada del público; la fama y las drogas. El arco narrativo conserva una estructura conocida: un inicio turbulento; el despegue hacia la fama; un tocar fondo y el acto final de redención.

Aunque “Better Man” es una biopic y, como tal, nos acerca a la vida de del cantante Robbie Williams, la película está lejos de aquella pretensión de verdad que buscan otras obras de su género. Sí, hace uso de todos los elementos mencionados arriba, pero no son esos elementos –ni los hechos en sí- los que realmente importan, sino el modo en que fueron vividos por el artista.  Porque desde el inicio, tanto el director Michael Gracey, como el propio Williams hacen una honesta y arriesgada declaración de intenciones al decidir representar al protagonista como un Chimpancé.


Y es aquí donde “Better Man” empieza a trazar el abismo que la separa de otras biopics. La película hace uso de la Imagen Generada por Computadora (CGI) para crear un chimpancé que interactúa con los demás personajes, pero que nos habla directamente a nosotros como espectadores, nos interpela y nos incomoda. El CGI, más que un recurso meramente estético que refuerza la ilusión de lo real, funciona como un dispositivo que expone la fractura entre el cuerpo que esperamos ver y la vivencia subjetiva de ese cuerpo.

Allí donde el género biográfico suele buscar transparencia y proponer un acceso a la verdad, la película recupera la ambigüedad propia del arte. Porque el cine no está únicamente para contar fielmente lo sucedido —empresa, por otra parte, siempre imposible—, sino para contar los hechos desde la experiencia de quien o quienes los vivieron. En Better Man, tanto la captura de movimiento del actor Jonno Davies, quien interpreta a Williams, como las canciones que acompañan ausencias, amores, logros y caídas que vive el protagonista, están al servicio de la trama y no al revés.


Gracey, conocido por la construcción de escenarios exuberantes como lo hizo en su anterior película “El Gran Showman”, despliega aquí un amplio repertorio audiovisual que nos acerca a la particularísima experiencia del artista, no como nosotros, el público, desea verlo, sino como él se ve a sí mismo: un ser inadecuado, involucionado, presto para el espectáculo.

Better Man nos recuerda que la verdad de nuestras vivencias muchas veces encuentra un camino más directo y avasallante a través de la ficción que a través de la pretensión de realismo y por esta razón es una película que necesita ser vista.


Por: Lina Otero Ramos


miércoles, 28 de enero de 2026

VALOR SENTIMENTAL y lo no dicho

 El director y guionista Joachim Trier aborda, en esta ocasión, la ausencia paterna desde una mirada íntima y polifónica. Así, el padre que regresa para el funeral de su ex esposa; la hija mayor que resiente su partida al tiempo que siguió, a su manera, los pasos de su padre; la hija menor que cuida de su hermana, así como esta cuidó de ella en su infancia y la mirada externa proporcionada por Rachel Kemp, interpretada por la actriz Elle Fanning, construyen el coro de voces desde el cual se narrará esta historia. 

“Valor Sentimental” pone luz sobre las grietas reales y también simbólicas. La casa de la infancia muestra el deterioro sufrido a través de los años al tiempo que silencia las tragedias que marcaron el devenir de quienes la habitaron. Sin embargo, por mucho que dichas tragedias se hayan querido sofocar, gritan con fuerza a través del cuerpo de Nora, la hija mayor, magistralmente interpretado por Renate Reinsve. 

    

        
      
        ¿Cómo elaborar las ausencias? ¿Las pérdidas? ¿Los silencios? Gustav, el padre, interpretado por Stellan Skarsgård, eligió la ruta trazada por el arte. Exitoso director de cine aprendió a acercarse a sus hijas desde este lugar, escribiendo y dirigiendo los roles que cada una de ellas debería interpretar. 

¿Y las hijas? en la que es quizás, una de las secuencias más íntimas y bellas de la cinta, estas hermanas se encuentran, se confiesan, lloran, se enferman y sanan. El lente de la cámara oficia algunas veces como fiel testigo de lo que ahí se cuenta, otras veces interviene descaradamente para incomodar o para dirigir la atención y en ocasiones se esconde porque tal vez, lo que estamos observando no debiese ser observado ni escuchado; porque tal vez, hay cosas que deben permanecer ocultas o en silencio y solo ser dichas a través del arte, lugar privilegiado desde el cual puedan ser comprendidas. 



Por esto “Valor Sentimental” inquieta y agobia, no sólo por el ida y vuelta desde la infancia del padre hasta la infancia de sus hijas; no solo por las extraordinarias actuaciones de Skarsgård, Fanning y Reinsve; no solo por el guión y la dirección de Joachim Trier, quien desde su película “La peor persona del mundo”, ya nos había adelantado lo bien que sabe retratar las dinámicas familiares. Inquieta y agobia porque nos recuerda lo que muchas veces nos esforzamos por olvidar, que no todo pasa por la palabra y que en el cuerpo también se libran batallas. 



Por: Lina Otero Ramos
Psicóloga y Mediadora de Lectura

Una batalla tras otra: El eterno retorno

        Una ficción que expone los ribetes más crueles de la realidad que sufren los migrantes en la primera potencia mundial, toma un vuelo propio desde la mirada de Paul Tomás Anderson. Acido pero acertado, sarcástico pero no tanto. 

        El puntapié inicial de “Una batalla tras otra” surge de una adaptación libre de la novela Vineland, de Thomas Pynchon. La misma transcurre en el año 1984, en un momento político dominado por la reelección de Ronald Reagan; mientras que la película se enmarca en una contemporaneidad indefinible, pero muy cercana. En el primer acto conocemos a los activistas radicales de izquierda autodenominados como los “75 franceses”, que se presentan con un raid de acciones armadas contra centros de detención de migrantes latinoamericanos. 

        Dos activistas lideran el grupo, Perfidia Beverly (Teyana Taylor), iracunda como una marea vuelta tsunami; y Bob Ferguson (Leonardo Di Caprio), que sigue y aúlla a Perfidia como si fuese la última luna llena del mundo. El costado erótico / tanático lo suma el villano Steven Lockjaw (Sean Penn), un militar fascista obsesionado con su labor de opresor, así cómo también con Perfidia y el sexo que ella le provee con tal que haga la vista gorda en sus actos vandálicos. En este tridente se inviste la primera parte narrativa de la película. No por nada los tres están nominados como actores/actriz a la estatuilla dorada. 



        Un parte aguas atraviesa a la película y nos propone un salto temporal de dieciséis años. Lockjaw vuelve a buscar a Ferguson y a su hija Willa (Chase Infiniti), exiliados internos en algún lugar de Norteamérica, en un safe town para migrantes. Se actualiza la paranoia, la persecución, con un Ferguson viejo y drogado, incapacitado de recordar claves y contraseñas de sus ex compañeros guerrilleros. Sergio St. Carlos (Benicio Del Toro), emerge como un aliado que surfea este conflicto, en la piel de un profesor de Tae Kwon Do que los asiste para que continúen con su escape. Una sublime y medida actuación, acotada en detalles, y encima graciosa: También nominado al Óscar. 

        El tinte estilístico de PTA se encuentra en cada uno de los planos, pero en esta producción se añade un ritmo atronador, que marca el compás de las escenas de acción, plagadas de componentes bélicos, disparos y explosiones.  La edición fue responsabilidad del montajista Andy Jurgensen, con quién el director había trabajado en su película anterior Licorice Pizza (2022). La nominación al premio máximo de la industria norteamericana por mejor montaje, le hace justicia. 



        La creación de universos y las tensiones en las relaciones personales son un sello distintivo del director. Desde la ambigüedad que rompe la paleta maniqueísta de buenos contra malos: los mismos personajes a veces esperan de los otros cosas que nunca tendrán, que se imaginan, que desean. A veces desde la ternura y la dejadez; a veces desde un razonamiento interno reprochable, cruel e inhumano. La invitación a sumergirse en una ficción llena de realidad y actualidad no deja de sorprender por los recursos emocionales con los que dota a sus personajes. 

Gato Martínez Cantó.
Productor y realizador audiovisual. Lector.

martes, 27 de enero de 2026

SINNERS o de cómo nos atraviesa la música

 

Un hombre con su instrumento (guitarra o acordeón), una noche, el diablo y un duelo a muerte. Son elementos constitutivos de muchos relatos contados de generación en generación; de norte a sur del continente, del Caribe hasta la Pampa. Santos Vega, personaje de Mujica Lainez se bate en una Payada con el mismísimo Mandinga; Francisco el Hombre, Juglar colombiano venció a Satanás rezando el Credo al revés acompañado de su acordeón.

             Este tipo de relatos forman parte de nuestro inconsciente colectivo y nos ayudan a comprender la dimensión espiritual de la música, aquella dimensión que nos conecta con lo maldito y lo divino. Es la premisa de la que parte el director y guionista estadounidense Ryan Coogler en su nueva película "Sinners”.


        Durante los primeros segundos, la cinta nos presenta a Sammie Moore, interpretado por Miles Caton, entrando a la Iglesia en la que su padre oficia como Ministro. En esta primera secuencia, las manos de Sammie se aferran a la única parte que sobrevivió de lo que fuera una guitarra,  mientras su padre le ruega abandonar el camino de la música que sólo le traerá perdición y, en su lugar, abrace a Dios aceptando su destino como Predicador.  

Corte a: Delta del Mississippi, años 30. El momento y el lugar nos anticipan las inabarcables plantaciones de algodón, las espaldas negras bajo el sol y el Blues. Los hermanos y veteranos de Guerra, Elijah "Smoke" y Elias "Stack" Moore, ambos roles interpretados por Michael B. Jordan, regresan a su pueblo natal con mucho dinero y el sueño de abrir un bar en el que la gente negra no solo sueñe con ser libre, sino en el que lo sea, al menos por una noche. Es allí cuando Sammie, con su voz y su guitarra, enmarca la que es, quizás, una de las más bellas secuencias de Cine de los últimos tiempos. Al ritmo de “I lied to you”, los congregados a esta noche terminan conectándose con su pasado y con su futuro, con sus raíces y con su libertad. No es sorpresa que esta composición de Raphael Saadiq y  Ludwig Goransson esté nominada a los Oscar como mejor canción original.  

La irrupción del mal viene de la mano de Remmick, el vampiro al que el actor Jack O’Connell da vida. Sin embargo, a diferencia de los relatos de Santos Vega o de Francisco el Hombre, este espíritu no busca batirse en un duelo musical con Sammie, sino atraerlo hacia su propia estirpe. Toma la figura de un irlandes y, en otro espectacular número musical que nos regala esta película, nos invita a escuchar el relato de otro pueblo subyugado. Al amparo de la noche y la música, negros e Irlandeses, ambos hermanados bajo el yugo de quienes se abrogan el derecho de dictar sus destinos, luchan entre sí por lo que para ellos es la Libertad.

        Destaca, además de la música y del poderoso comentario social, la Dirección de Fotografía a cargo de Autumn Durald Arkapaw, primera mujer en filmar con cámaras IMAX y la cuarta en ser nominada a los premios Oscar en su categoría. Sinners nos brinda escenas filmadas en campos de algodón    inmensos atravesados por caminos de tierra donde hasta los más mínimos detalles mantienen una nitidez que envuelve al espectador.

        Más allá de sus 16 nominaciones a los premios Oscar que se celebrarán el próximo 15 de marzo, Sinners es una película con excelentes cualidades narrativas y técnicas. Una historia original que hace uso de elementos sobrenaturales para hablar de un tema actual que nos atraviesa como pocos y un casting que reúne a actores negros para representar no solamente a personajes que luchan por su vida (como casi siempre suele ocurrir), sino también personajes que desean, que disfrutan, que crean y que resisten. 


Lina Otero Ramos