miércoles, 28 de enero de 2026

Una batalla tras otra: El eterno retorno

        Una ficción que expone los ribetes más crueles de la realidad que sufren los migrantes en la primera potencia mundial, toma un vuelo propio desde la mirada de Paul Tomás Anderson. Acido pero acertado, sarcástico pero no tanto. 

        El puntapié inicial de “Una batalla tras otra” surge de una adaptación libre de la novela Vineland, de Thomas Pynchon. La misma transcurre en el año 1984, en un momento político dominado por la reelección de Ronald Reagan; mientras que la película se enmarca en una contemporaneidad indefinible, pero muy cercana. En el primer acto conocemos a los activistas radicales de izquierda autodenominados como los “75 franceses”, que se presentan con un raid de acciones armadas contra centros de detención de migrantes latinoamericanos. 

        Dos activistas lideran el grupo, Perfidia Beverly (Teyana Taylor), iracunda como una marea vuelta tsunami; y Bob Ferguson (Leonardo Di Caprio), que sigue y aúlla a Perfidia como si fuese la última luna llena del mundo. El costado erótico / tanático lo suma el villano Steven Lockjaw (Sean Penn), un militar fascista obsesionado con su labor de opresor, así cómo también con Perfidia y el sexo que ella le provee con tal que haga la vista gorda en sus actos vandálicos. En este tridente se inviste la primera parte narrativa de la película. No por nada los tres están nominados como actores/actriz a la estatuilla dorada. 



        Un parte aguas atraviesa a la película y nos propone un salto temporal de dieciséis años. Lockjaw vuelve a buscar a Ferguson y a su hija Willa (Chase Infiniti), exiliados internos en algún lugar de Norteamérica, en un safe town para migrantes. Se actualiza la paranoia, la persecución, con un Ferguson viejo y drogado, incapacitado de recordar claves y contraseñas de sus ex compañeros guerrilleros. Sergio St. Carlos (Benicio Del Toro), emerge como un aliado que surfea este conflicto, en la piel de un profesor de Tae Kwon Do que los asiste para que continúen con su escape. Una sublime y medida actuación, acotada en detalles, y encima graciosa: También nominado al Óscar. 

        El tinte estilístico de PTA se encuentra en cada uno de los planos, pero en esta producción se añade un ritmo atronador, que marca el compás de las escenas de acción, plagadas de componentes bélicos, disparos y explosiones.  La edición fue responsabilidad del montajista Andy Jurgensen, con quién el director había trabajado en su película anterior Licorice Pizza (2022). La nominación al premio máximo de la industria norteamericana por mejor montaje, le hace justicia. 



        La creación de universos y las tensiones en las relaciones personales son un sello distintivo del director. Desde la ambigüedad que rompe la paleta maniqueísta de buenos contra malos: los mismos personajes a veces esperan de los otros cosas que nunca tendrán, que se imaginan, que desean. A veces desde la ternura y la dejadez; a veces desde un razonamiento interno reprochable, cruel e inhumano. La invitación a sumergirse en una ficción llena de realidad y actualidad no deja de sorprender por los recursos emocionales con los que dota a sus personajes. 

Gato Martínez Cantó.
Productor y realizador audiovisual. Lector.

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